Hablamos del 31 de Febrero, en una una oscura ciudad sin nombre, de aspecto tétrico, calles vacias y cuyos arboles marchitaron.. helados por el frío de un invierno eterno.
A pasos lentos y silenciosos me fui adentrando en ella, lo que no sabía es que a cada paso que daba se fundiría una estrella en la profundidad de la noche, la cual no volvería a iluminarse nunca.
Seguí mi trayecto, pensativo y cansado pero a la vez decidido asta el ultimo paso.. por ese camino capaz de secar mi aliento y sumirme en la más dulce y hermosa pena.
A lo lejos dislumbre una pétrea silueta que generaba luz y esperanza con cada pestañeo que realizaban sus infinitos ojos. Su mano parecia indicarme que siguiera caminando, sin transmitir ese sentimiento de miedo e incapacidad, fruto de la soledad aislada que me aferraba al suelo, al igual que la raiz de un arbol que seco.. hace no mucho tiempo. el viento de repente y sin dilación rodeo mis parpados y levantando mis ojos con una fuerza propia de un feroz león, me postro ante ti.
Tu cuerpo no era fiable, pero inspiraba el deseo, la lujuria y el pecado en toda su esencia y sin dejar que ningún pensamiento recorriera mi memoria, la bese... cayendo a un vacío sin fondo, que turbó mi alma. Apartándolo todo en esa muerte existencial, que supone la locura.

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